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La elegancia de no opinar de todo

3 min de lectura

Taza de café y unos lentes sobre una mesa roja

Hay días en los que abro el celular y, antes de terminar la primera de mis tres tazas de café, ya tendría que haber fijado postura sobre una guerra, un divorcio ajeno, la economía nacional y un video de diecisiete segundos que aparentemente explica todo lo que está mal con el mundo.

Yo, a esas horas, apenas estoy decidiendo si quiero hablar con alguien.

Pero las redes tienen prisa. Muchísima. Y parecen tener una regla: si algo está pasando, más vale que tengas una opinión lista. De preferencia contundente, indignada y suficientemente breve para que nadie tenga que pensar demasiado.

Al parecer dudar no es aesthetic, ni monetiza.

Decir “no sé” parece una derrota. Decir “necesito leer más” suena a evasiva. Y cambiar de opinión después de conocer otros datos puede costarte más caro que haberte equivocado desde el principio.

Qué manera tan extraña de premiar la inteligencia.

Me llama la atención la facilidad con la que podemos confundir seguridad con conocimiento. Alguien habla sin titubeos, usa dos palabras técnicas y mira de frente a la cámara: debe saber de qué está hablando. Mientras tanto, otra persona introduce matices, reconoce límites y explica que el asunto es más complicado. A esa le falta carácter, dicen.

A veces me pregunto cuántas discusiones públicas ganarían algo si pudiéramos responder con absoluta tranquilidad: “La verdad, de esto no sé lo suficiente”.

Sin vergüenza. Sin sentir que acabamos de perder nuestro lugar en la conversación.

Porque opinar es facilísimo. Una puede hacerlo desde el enojo, la simpatía, el prejuicio o esa necesidad tan humana de pertenecer. Basta con identificar qué piensa nuestro grupo y encontrar una manera más ingeniosa de repetirlo.

Formarse un criterio lleva más tiempo. Hay que leer cosas que aburren, revisar de dónde salió una afirmación y, de vez en cuando, aceptar que la persona que nos cae mal tiene un argumento atendible. Esa última parte debería contar como ejercicio de alto rendimiento.

También supone tolerar algo que se nos da bastante mal: quedarnos un rato sin una conclusión.

A mí me gusta conversar con personas que saben decir “déjame pensarlo”. Hay cierta generosidad en tomarse en serio una pregunta, en concederle más de tres segundos antes de devolverla convertida en sentencia. Me interesa conocer el camino que alguien recorrió para llegar a una idea, sobre todo si tuvo que corregirse durante el trayecto.

Las certezas instantáneas suelen dejar poco espacio para esas conversaciones. Apenas empieza una a explicar algo cuando ya la colocaron en un bando, le atribuyeron seis opiniones que nunca expresó y decidieron con quién se junta.

Agotador.

Por supuesto que hay silencios cómodos. Hay personas con responsabilidades que deben dar explicaciones y prefieren esconderse detrás de la prudencia. Un funcionario tiene que responder por sus decisiones; quien conoce una injusticia puede tener razones para alzar la voz. El contexto importa, y mucho.

Pero entre cumplir una responsabilidad y sentir la obligación de emitir un veredicto sobre cada asunto del día hay una distancia enorme.

Podemos interesarnos por algo sin convertirnos inmediatamente en sus comentaristas. Podemos escuchar una experiencia que desconocemos, hacer preguntas y salir de la conversación sabiendo más de lo que sabíamos al entrar. Incluso podemos dejar que alguien termine de hablar. Una práctica casi exótica.

Quizá nos cuesta porque hemos vuelto la opinión parte de nuestra identidad. Después de defender algo en público, corregirlo se siente como desmentirnos enteros. Entonces buscamos cómo sostener la postura, aunque el argumento ya esté haciendo agua por todas partes.

Le pasa a cualquiera. A mí también. Hay un pequeño orgullo que se resiste a decir: “Pues resulta que estaba equivocada”.

Y, sin embargo, qué alivio cuando una lo consigue.

Últimamente valoro más a quien puede reconocer una duda sin ponerse nervioso. A quien escucha una buena explicación y se permite cambiar. A quien tiene algo que decir, pero también sabe cuándo conviene hacer otra pregunta.

En cuanto a mí, sigo teniendo opiniones sobre muchísimas cosas. Algunas bastante firmes. Otras están en revisión y varias, sospecho, necesitan una buena sacudida.

Si mañana me preguntan por un asunto que apenas conozco, espero tener la elegancia de admitirlo.

Aunque para entonces todo el mundo ya haya subido su video.

Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad de su autor y no necesariamente reflejan la postura de La Caja de Pandora.

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