La mala fama se hereda

He tenido la fortuna de conocer muchos lugares. Ciudades enormes, países con historias fascinantes y rincones del mundo que han aprendido a convertir prácticamente cualquier cosa en un motivo de orgullo. Algunos tienen grandes monumentos, otros una gastronomía extraordinaria y otros, la neta, no tienen mucho más que una buena historia. Pero saben contarla. Y eso hace toda la diferencia.
Desde que llegué a Tamaulipas hay algo que me saca de onda y que no deja de sorprenderme: este estado tiene muchísimo más de lo que presume.
Y lo digo desde una posición que, para algunos, podría parecer una desventaja: no soy de aquí.
No crecí escuchando sus historias, tuve que aprenderme el himno a Tamaulipas escuchándolo 20 veces seguidas, no tengo recuerdos de infancia en sus playas ni una abuela que me haya enseñado las tradiciones de esta tierra. Llegué con la mirada virgen de quien viene de fuera, con curiosidad, sin nostalgias heredadas y, sobre todo, sin prejuicios locales. (que dicho sea de paso, son bastantes)…
Quizás por eso me resulta tan evidente algo que a veces quienes llevan toda la vida aquí han dejado de ver.
Tamaulipas tiene un problema de narrativa.
Y no, no estoy hablando de comunicación gubernamental, campañas publicitarias ni slogans turísticos. Hablo de la manera en que una sociedad se mira a sí misma y decide presentarse ante el mundo… algo más profundo, pues.
Durante décadas, Tamaulipas ha sido contado desde sus problemas. La violencia, la frontera, las disputas políticas, las crisis. Y sería absurdo negar esa parte de su historia. Ahí está, existe y ha marcado generaciones.
Pero al igual que las personas, no puedes juzgar a alguien por su “momento más humilde” ni por sus pobres decisiones del pasado… así, ningún lugar del mundo es solamente su peor capítulo.
He conocido ciudades que atravesaron guerras, crisis económicas, conflictos sociales y episodios de violencia terribles. Y muchas lograron construir una identidad que no niega su pasado, pero tampoco vive condenada a repetirlo en cada conversación.
Medellín, por ejemplo, entendió que no podía borrar su historia, pero sí podía ampliar la conversación sobre su presente. Bilbao convirtió su transformación urbana y cultural en una nueva carta de presentación. Y hay ciudades mucho más pequeñas que han logrado posicionarse internacionalmente a partir de su cocina, su arquitectura o sus tradiciones.
No son procesos perfectos ni recetas que puedan copiarse. Pero tienen algo en común: entendieron que la identidad también se construye desde lo que decidimos contar.
Aquí tenemos una frontera que conecta con una de las economías más importantes del mundo, puertos, industria, talento, universidades, una gastronomía extraordinaria y una diversidad geográfica que va de la montaña al mar… pasando por mi municipio favorito, El Mante… (ya les contaré en otra entrega porqué)
Tenemos también historias de empresarios que empezaron de cero, mujeres que sostienen comunidades enteras, jóvenes que destacan fuera del país y familias que, a pesar de todo, siguen apostando por esta tierra.
¿Y cuánto hablamos de eso?
A veces tengo la impresión de que los tamaulipecos son mucho más generosos para hablar de su estado en privado que para defender sus virtudes en público.
En una sobremesa te cuentan maravillas de su ciudad, te recomiendan lugares, te explican con orgullo de dónde vienen y hasta discuten apasionadamente dónde se come mejor. Pero basta que la conversación salga de Tamaulipas para que aparezca, casi por reflejo, la necesidad de justificarse.
Como si antes de hablar de lo bueno hubiera que pedir disculpas por lo malo.
Y no tendría que ser así.
Por supuesto que hay problemas pendientes. Muchos. La seguridad, la desigualdad, la infraestructura y las oportunidades no se resuelven con una campaña de imagen. Tampoco se trata de fabricar una versión romántica del estado ni de pretender que todo está bien.
Se trata de entender que reconocer lo que falta no debería impedirnos valorar lo que existe.
En el mundo actual, los territorios también compiten por atención, inversión, turismo, talento y reputación. Y la reputación no se construye únicamente con indicadores económicos. Se construye con experiencias, símbolos, conversaciones y relatos que la gente reconoce como propios.
A eso, en otras latitudes, le llaman marca territorio. Yo prefiero pensarlo así: saber quién eres y no tener miedo de decirlo. P u n t o
Porque también hay algo que debemos reconocer: nadie va a venir de fuera a construir por nosotros una narrativa distinta de Tamaulipas. Esa tarea les corresponde a sus ciudadanos, sus empresarios, sus universidades, sus artistas, sus medios de comunicación y, desde luego, a sus instituciones.
Y aquí hago una distinción importante: contar mejor a Tamaulipas no significa hablar bien de un gobierno. Los gobiernos pasan. La identidad de un estado permanece.
Por eso esta conversación debería estar por encima de los colores políticos y de las coyunturas electorales.
A mí, que soy forastera, me sigue emocionando descubrir lugares, personajes e historias que probablemente muchos tamaulipecos conocen desde siempre. Y quizás esa sea una de las ventajas de no haber nacido aquí: todavía tengo la capacidad de asombro.
He aprendido que viajar mucho no solamente sirve para conocer otros lugares. También te enseña a mirar de otra manera el sitio en el que estás.
Y desde esa mirada, con todo lo que he visto dentro y fuera de México, estoy convencida de que Tamaulipas tiene suficientes atributos para ocupar un lugar mucho más interesante en la conversación nacional.
No necesita inventarse otra identidad. Necesita reconocer la que tiene, fortalecerla y compartirla.
Porque al final, los lugares también terminan pareciéndose a las historias que cuentan de sí mismos.
A Tamaulipas le sobran historias extraordinarias, y ya es hora de que se escuchen tanto como sus tragedias.



